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Móstoles

Móstoles es un ayuntamiento y una villa​ de España de la Comunidad de la capital española. Con doscientos seis quinientos ochenta y nueve habitantes (Instituto Nacional de Estadística dos mil diecisiete), es el vigésimo séptimo ayuntamiento más poblado del país y el segundo de la zona, solo superado por la capital, la capital española.

El ayuntamiento se ubica a dieciocho km al sudoeste del centro de la urbe de la villa de Madrid, en el área metropolitana de la villa de Madrid. Geográficamente se halla en el centro de la península ibérica y de la Meseta Central, en el val del río Guadarrama perteneciente a la cuenca del Tajo.

Su proximidad a la capital de España capital ha propiciado un acusado desarrollo demográfico en el trascurso de las últimas décadas. Móstoles, en cuarenta años y merced al urbanismo salvaje, pasó de ser un núcleo rural de prácticamente cuatro mil habitantes, a mediados de los años mil novecientos sesenta, a una urbe satélite de la capital con más de doscientos cero en los principios del siglo xxi, integrada en el área metropolitana de la villa de Madrid.

Si bien desde la década de los mil novecientos setenta tenía un carácter prominente de urbe dormitorio,4​5​ Móstoles cobija el campus tecnológico y la sede central de la Universidad Rey Juan Carlos, como el Sala Universitaria de la Universidad Nacional de Educación a Distancia y es uno de los Centros de Exámenes de la Jefatura Provincial de Tráfico. La primera base operativa de las BESCAM (Brigadas Singulares de Seguridad de la Comunidad Autónoma de la capital española) se situó asimismo en esta localidad en dos mil cuatro, tras un acuerdo subscrito con el gobierno regional.

Pese a que sus orígenes y su denominación no están claros, sabemos que en mil quinientos sesenta y cinco es considerada una villa con fuero propio, instante en el que dejó de ser una aldea vinculada a la urbe de Toledo merced a un privilegio concedido por Felipe II. El día de hoy, debido a su situación geográfica y social y económica, la relevancia de Móstoles en la Comunidad Autónoma de la capital de España es concida y se la considera la capital del llamado ‘Gran Sur’, en el que se concentran más de un millón de habitantes.

Estadísticas

Móstoles es conocido en España por el conocido como Bando de Independencia, un documento que llamaba al socorro de la capital por la parte de otras autoridades, alentando a la nación a armarse contra los invasores franceses en la Guerra de la Independencia. Desde ese momento, el nombre de uno de los alcaldes firmantes del bando, Andrés Torrejón, quedaría unido a la historia de Móstoles y de la capital española. En su honor, la localidad levantó un monumento y su casa es el día de hoy un museo en el que se recrea el entorno de una residencia habitual del siglo XIX.

De su pasado medieval conserva el ábside mudéjar de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, de clara repercusión toledana, con rasgos del románico tardío. Posterior es la ermita de Nuestra Señora de los Beatos (siglo XVIII), del mismo modo ubicada en el casco viejo, y que resalta por su retablo barroco y ciertas pinturas de gran valor con imágenes de Santa Ana y San Joaquín.

La más reciente historia de Móstoles está reflejada en el Museo de la Urbe, construido sobre la vieja Casa de Correos. Se trata de un edificio de estilo neomudéjar, de principios de siglo veinte, que ahora cobija una interesante compilación fotográfica y diferentes piezas etnográficas.
Es el más poblado ayuntamiento de la comunidad tras la capital y se halla al sur de esta, en el quilómetro dieciocho de la autovía a Extremadura (A-cinco). Disfruta de una genial comunicación con la capital española, por medio de una esencial red de buses, tren de cercanías y Metro (la línea doce, MetroSur, lo recorre). No en balde pertenece al área metropolitana de la urbe de la villa de Madrid.

Móstoles en la HISTORIA

La Prehistoria

El término de Móstoles ha estado poblado desde tiempos recónditos, como lo prueban los abundantes restos arqueológicos del Paleolítico: muestras de industria lítica (raederas, puntas de flecha y lanzas, grabes y otros instrumentos de sílex) que son claros indicadores de la intensa actividad montería, que se desarrollaba en aquellos tiempos; en especial se han hallado estos útiles cercanos a cursos fluviales, lo que prueba que nuestros ancestros prehistóricos asistían a apresar a estos lugares, por el hecho de que era donde hallaban presas simples.

Siglos III- I a.C. Los carpetanos y la conquista romana

En temporada prerromana, en la Edad del Hierro, habitaban esta zona los carpetanos, los habitantes de los escarpes sobre los ríos. La urbe indígena más esencial de la zona era Toletum, Toledo, que fue conquistada por los romanos muy al comienzo del siglo II a.C., si bien a menos de nueve km, en término de Villaviciosa de Odón, en el Cerro del Castillo, hay otro oppidum sobre el Guadarrama. De temporada prerromana tenemos 2 fíbulas de bronce, halladas en las proximidades de la depuradora del riachuelo del Soto. Estas preciosas piezas, que semejan datar del siglo II a.C, prueban que nuestro término proseguía poblado en estos tiempos, y a nuestro enteder las dos fíbulas debieron pertenecer al ajuar funerario de alguna tumba o bien tumbas ubicadas en una necrópolis asociada a un núcleo o bien castro situado en ciertos escarpes o bien cerros que flanquean el Guadarrama en estos rincones.

Siglos I- V d.C. Móstoles en la temporada romana

En temporada romana Móstoles debía pertenecer al gran territorio de la urbe de Toledo, caput Carpetaniae, capital de la Carpetania. Estaba ubicada en la provincia Hispania Citerior Tarraconense y el Convento Jurídico Carthaginiensis, cuya capital era Cartago Nova (Cartagena). La relevancia de su población, que como vamos a ver está atestiguada por al arqueología, estuvo basada, probablemente en su papel como centro de comunicaciones, siendo realmente posible en ella o bien sus cercanías se ubicase Titulcia.

Móstoles era una encrucijada de esenciales vías terrestres, a saber:

La que enlazaba Toletum (Toledo) con Segovia (vías XXIV y XXV del Recorrido de Antonino).

La que enlazaba Retirada Augusta (Mérida) con Caesaraugusta (Zaragoza), pasando por Caesarobriga (Talavera de la Reina) y Complutum (vía XXV).

Otra que partiendo de Móstoles, formaba un ramal de la vía que venía de Segovia, y se dirigía a la Bética (Andalucía) por medio de Levantes (¿Ocaña?). Sería la vía de Asturica Augusta (Astorga) a Corduba (Córdoba) o bien XXIX del Trayecto.

Una cuarta vía es la que unía Chinchón con Ávila, que formaba una parte de la vía Valentia (Valencia) a Salamantica (Salamanca).

De la temporada de la dominación romana tenemos un número notable de restos hallados en diferentes yacimientos, existentes en múltiples puntos de nuestro término. Tenemos conocimientos de ciertos de estos yacimientos desde los años ’30, merced al «beato patrón de los arqueólogos madrileños», Fidel Fuidio, que habla de ellos en su Carpetania Romana, e inclusive de ya antes (en las Relaciones de Felipe II, de mil quinientos setenta y seis, ya charlan de restos de muros y mosaicos en el pago y el día de hoy distrito de Cerro Prieto). Los descubrimientos y la situación de los yacimientos semejan aclarar la próxima predisposición del hábitat existente:

Un núcleo central en la parte oriental del presente centro urbano, teniendo como eje las calles Reyes Católicos, Cartaya y Mariblanca, que seguramente se extendía por el distrito de San Marcial/Cerro Prieto. Se trataría puesto que de un vicus (núcleo rural) o bien mansio (posada o bien venta de carretera).

Múltiples explotaciones latifundistas (villae) en las vegas de los riachuelos del Soto y de la Reguera-los Combos, que abundaron desde los siglos III- IV d.C.; con paralelos en otros puntos de la zona, siempre y en toda circunstancia cercanos a ríos o bien riachuelos, alineándose en la solana de sus vegas. En una de ellas, ubicada en el Riachuelo del Soto, y hace 6 años se ha localizado una inscripción romana.

Siglos VI- VII. Móstoles y Toletum: la temporada visigoda

Tras la entrada de los salvajes en el cuatrocientos nueve, hay que aguardar todavía un siglo hasta el momento en que los visigodos, que habitaban el Sur de la Galia, pusiesen la capital de Hispania en la próxima Toledo. Esta urbe proseguiría teniendo un enorme territorio, que llegaba hasta el piedemonte de la sierra de Guadarrama y habida cuenta la relevancia de las próximas Segovia y Complutum, de forma temprana cristianizada, los caminos que pasaban por Móstoles proseguirían marchando.

De esta temporada nos queda un esencial resto en Móstoles, un posible monasterio visigodo, en la zona del Riachuelo del Soto.

Siglos VIII- XI. Mostel- Móstoles y Calatalifa: la temporada islámica

Desde el setecientos once entramos en la temporada islámica. Toledo prosigue teniendo una suma importancia, en temporada emiral, califal y de taifas. Para resguardar y separar a la urbe del Tajo de los cristianos del N se crearon, en el siglo X. una serie de urbes, Canales, Olmos y Calatalifa, sobre los escarpes del lado izquierdo del Guadarrama. Esta última urbe, ubicada a siete km. de distancia, está a la perfección comunicada con Móstoles y con el camino de Toledo a Segovia. Ahora nuestra urbe está ya documentada en una fuente árabe, el libro de Al- Idrisi, Los caminos de Al-Andalus en el siglo XII, aparece en un camino de Toledo a Burgos, por Segovia, el topónimo مستال , M.stāl, ‘Mostel`, que podría ser el presente Móstoles.

Desde el siglo X tenemos total seguridad de que estuvo poblada Calatalifa, y cuando alcanzó su máximo esplendor militar, demográfico y económico. Y es que del otro lado del Guadarrama, al lado de la ribera derecha del río, pasaba una vía de origen romano que unía Segovia con Toledo (pese a que había opciones alternativas que corrían más cara el este). Conforme el cronista árabe Ibn Hayyan, por esta vía pasó el emir andalusí Abd al Rahmán III en su camino cara la batalla de Simancas, en novecientos treinta y nueve. El poblado que había sido una comunidad agropecuaria, se transformó en un hisn o bien urbe fortificada, con sus vecinos dedicados a una productiva agricultura -resaltando la horticultura-, ganadería, pesca y artesanía, compatibilizando estas actividades con la vida militar de la guarnición de la fortaleza. A lo largo de cerca de 2 siglos, esta fortaleza, llamada Q’alat Jalifa, ‘castillo del Califa’, formó una parte de las que observaban el paso natural del Guadarrama cara Toledo.

En mil treinta y uno, al desmembrarse el emirato andalusí en taifas, esta tierra quedó en la taifa de Toledo y la Marca Media.

Siglo XII y XIII. Móstoles, Segovia y Toledo: la repoblación

En el año mil ochenta y cinco fue reconquistada por el rey castellano Alfonso VI la urbe de Toledo, incorporando el extenso territorio del reino de Toledo (en el que se incluía nuestro Móstoles) al reino de Castilla. Empezaba entonces el complejo proceso de repoblación de las regiones centrales, con la aportación tanto de pobladores del norte de la península, como del Sur todavía bajo dominio musulmán (mozárabes sobre todo).

Móstoles no aparece en la lista de urbes reconquistadas por Alfonso VI al unísono que Toledo. Esto es normal pues en ese instante dependía y era una parte del territorio de Calatalifa.

La primera vez que aparece en un documento con seguridad es en el de la concesión de Alfonso VII, en el mes de octubre de mil ciento cuarenta y cuatro, a la Catedral de Segovia, del sitio de Freguezedos, «existente intra turrem de Monsteles et illam carreram qua itur de Magerito ad Ulmos…», ‘que está entre Torre de Móstoles y el camino que va de la villa de Madrid a Olmos’.

La arqueología, con los descubrimientos de la calle Colón y semeja probar que fue en esta temporada plenomedieval en la que el núcleo de población se fue trasladando progresivamente al Oeste, en torno a la nueva iglesia parroquial. En los siglos XII o bien XIII se levantó el ábside de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, que es una de las joyas de la arquitectura mudéjar influida por el foco toledano, de la provincia de la capital española. En lo que se refiere a la torre es posible sea el minarete de una vieja mezquita islámica, que fue readaptada como iglesia cristiana.

En mil doscientos ocho se efectuaba el deslinde entre los alfoces de las urbes de Toledo, Segovia y la capital española, en el que Móstoles quedó meridianamente en la jurisdicción segoviana; jurisdicción en la que estaría a lo largo de un tiempo hasta el momento en que, a fines del s. XIII, sin que sepamos ni en qué momento precisamente ni exactamente en qué circunstancias, cambió a la jurisdicción de Toledo. Era en consecuencia Móstoles una aldea sin autonomía, dependiente de una urbe matriz. No obstante a lo largo de toda la Edad Media y Moderna fue la cabeza del Arciprestazgo de Canales, división administrativa del arzobispado de Toledo y era el centro eclesiástico de cincuenta y tres lugares (desde las puertas de Toledo hasta los pasos de la Sierra del Guadarrama, todas y cada una de las de las cuencas de Guadarrama y Perales) bajo su jurisdicción.

El siglo XIV. La capacitación del término municipal y los «señores» de Móstoles

Las crisis económicas y demográficas del siglo XIV, unidas a la peste negra, que se extendió por toda Europa a mediados de siglo, dezmando su población, ocasionó en el reino de Castilla la desaparición de multitud de aldeas y pueblos, sobre todo los ubicados cercanos a cursos fluviales -los pueblos enfermos-. Móstoles, que subsistió a este proceso despoblador merced a ser un entorno ubicado en una encrucijada de caminos, se anexó los términos de múltiples aldeas cuyos habitantes habían descuidado debido a aquellas crisis: Lucero, al Norte, Arroyo de Viñas, al Oeste, y Aldea del Abad, al Sur.

Un tanto después procedió a repartir suertes de tierras de tarea entre sus vecinos, reparto que conocemos pues ciertos de ellos mil trescientos noventa y uno vendieron, en mil trescientos noventa y uno, 7 suertes de tierra, de las que había repartido el concejo, al maestresala del arzobispo de Toledo en el arciprestazgo de Canales, Juan Alfonso de Palencia.

En múltiples fuentes aparece Móstoles como sitio de paso de reyes y ejércitos.

Tenemos múltiples noticias relacionadas con Móstoles a lo largo de los siglos XIV y XV, sobre todo merced a los documentos que la aristocracia castellana fue realizando, sobre adquiere-ventas, permutas, litigios y herencias de recursos, citando siempre y en todo momento posesiones en Móstoles que confirman que en esa temporada, todavía pese a estar bajo jurisdicción de Toledo, nuestra villa tenía unos pocos señores solariegos controlando ya la mayoría de la propiedad territorial, como a prácticamente todo el vecindario sometido a su vasallaje.

El primer «señor» que conocemos de Móstoles es Pelayo Daza, a principios del siglo XIV, quien legó sus recursos en esta aldea toledana a sus hijos, Diego González y Marina Páez. Estos por su parte vendieron estos recursos a Teresa Vázquez de Acuña, esposa de Fernán Gómez (camarero mayor de Fernando IV). A esta señora le heredó su hijo Gómez Pérez de Toledo, y este por su parte Gutierre Gómez (que fue prior de la Orden de San Juan en Castilla y Adelantado del reino de Murcia). Este Gutierre le traspasó a su hermano Diego Gómez (regidor mayor de Toledo y notario mayor del reino, asimismo señor de Casarrubios, Arroyomolinos y Valdepusa) estos recursos (…todas las tierras de pan izar y también viñas, y también casas, y también huertas, y también solares, y también vasallos, y también solariegos, y también prados, y también pastos, y también exidos, y también defessas, y también aguas corrientes, y también manantes y también anaqueles, y también todos los demás recursos, asy muebles commo rraiçes….) como pago de una deuda que tenía con él, en el año mil trescientos sesenta y tres. Diego Gómez repartió estos recursos entre sus hijas, en mil trescientos setenta y nueve, y Teresa de Ayala se llevó la parte que correspondía a los recursos en Móstoles. Teresa de Ayala tuvo una hija ilícita con el rey Pedro I el Atroz, y fue desde mil trescientos noventa y seis monja, y después priora del monasterio de Beato Domingo el Real en Toledo. Gracias a ella preservamos ciertos documentos más viejos relativos a Móstoles.

En mil cuatrocientos quince sabemos que Teresa de Ayala nombraba un regidor, un alguacil y un escribano en Móstoles, y que muchos vecinos la consideraban como «su señora». Mas en esa temporada no era la única «señora», puesto que había otros magnates como Juan Ramírez de Guzmán (casado con la señora de Villaverde, Juana Palomeque), Álvar Pérez de Guzmán (alguacil mayor de Sevilla), la familia de los Daza, y la familia madrileña de los Vargas, que concentraban grandes propiedades territoriales en Móstoles y contaban cada uno de ellos con un buen número de vasallos que les pagaban todo tipo de tributos. Teresa de Ayala cambió sus posesiones en Móstoles a su sobrino Juan Moflete (regidor mayor de Toledo y Adelantado de Cazorla) en mil cuatrocientos veintitres, a cambio de un baño y unas tiendas en Toledo. Juan Moflete legó estos recursos en Móstoles a su hija Constanza Guevara y su yerno Diego de Merlo, quienes por su parte los venderían a Teresa de Haro (viuda del mariscal Diego López de Padilla), a mediados del XV.

Por otra parte, Álvar Pérez de Guzmán legó su heredad de Móstoles a su hijo Pedro de Guzmán, quien se lo cambiaría a Diego Arias Dávila por unas posesiones en Sevilla, asimismo por esta temporada. A Juan Ramírez de Guzmán le heredó su hijo Tello y a este otro Juan Ramírez (señor de Villaverde). A fines del XV este señor vendió sus recursos mostoleños a Gonzalo Chacón, señor de Casarrubios y Arroyomolinos, que incluiría en su mayorazgo y dejaría en herencia por siempre a sus descendientes. Teresa de Haro dejó en herencia su parte a una sobrina lejana suya, Aldonza de Haro, quien se los vendería a Francisco de Rojas y Escobar (embajador de los Reyes Católicos y caballero de las órdenes de Calatrava, Alcántara y Santiago), el que asimismo los incluiría en un mayorazgo que heredó su sobrino Francisco, quien se lo transmitiría a sus sucesores. Diego Arias Dávila, abuelo del primer conde de Puñonrostro, haría lo mismo fundando un mayorazgo y dejándoselo a sus descendientes. Y lo mismo la familia de los Vargas, entre quienes resaltamos al diplomado Francisco de Vargas (miembro del Consejo y Cámara de los Reyes Católicos). Gonzalo Pantoja, señor de Mocejón y Benacazón hizo lo mismo, puesto que había heredado ciertos recursos en Móstoles de su prima Teresa de Haro.

Por medio de todos estos documentos sabemos con que en la Baja Edad Media hubo múltiples grandes señores dominando el pueblo de Móstoles, situación que proseguiría dándose en siglos siguientes si bien con menor vinculación entre ellos y el vecindario.

El siglo XV

El siglo XV fue turbulento, puesto que nuestro pueblo se fue recobrando de las graves crisis económicas y epidemias de la precedente centuria. Adquirió igualmente grandes dehesas como El Visillo y Arroyo de Viñas, y otras posesiones territoriales para permitir a su creciente vecindario el contar con tierras para cultivar y para llevar a pastar su ganado de tarea y rebaños trastermitantes.

El usufructo de estos términos empezó a dar inconvenientes a nuestra villa, puesto que tuvo enfrentamientos con pueblos vecinos como Moraleja y Sacedón, y debió querellar frente a las más altas instancias judiciales, siempre y en todo momento amparada por Toledo, para preservarlos.

Estos enfrentamientos se agravaron a fines del siglo XV al pasar a manos señoriales ciertos pueblos vecinos, y asimismo debido al paso de tropas que se dedicaban a expoliar y incordiar a los mostoleños.

Asimismo a fines del siglo XV se efectuaron los primeros deslindes conocidos del término municipal de Móstoles, perteneciente a Toledo, con el alfoz de la villa de Madrid.

El siglo XVI

Móstoles empezó el siglo XVI de una manera tan turbulenta como terminó el anterior: inmerso en una serie de enfrentamientos (ciertos sanguinolentos) y litigios con pueblos vecinos, con la urbe de Segovia, y con nobles dueños de términos vecinos, sobre la posesión y usufructo de los términos de Arroyo de Viñas, El Visillo, prados de los Buyerros y la Magdalena, y por el despoblado del Lucero.

Fue en este siglo cuando se descubrió, oculta en una galería subterránea, una vieja imagen de la Virgen, la que los mostoleños acogieron con gran alborozo hasta transformarla en patrona de la población y levantarle su capilla en el sitio en el que después se edificaría la ermita de Ntra. Sra. de los Beatos. La Guerra de las Comunidades no debió pasar inadvertida en nuestra villa, si bien no tenemos demasiada perseverancia reportaje de lo que acaeció en aquel periodo.

Entre mil quinientos treinta y tres y mil quinientos treinta y seis un enfrentamiento político liberado entre el vecindario de Móstoles, terminó transformándose en un litigio que fue presentado frente a la justicia de Toledo y después frente al Consejo Real de Castilla. Este muy interesante litigio es una muestra de la aparición de una clase de dueños pecheros, que aspiraba a igualarse en derechos y privilegios a la nobleza, intentándole quitar por la vía judicial, en un caso así, el derecho a nombrar múltiples cargos concejiles que tenían una serie de magnates (heredados de sus ancestros, desde tiempo inmemorial) en nuestra villa, intención que consiguieron en parte al lograr que la justicia real condicionara aquellos nombramientos y limitase el poder señorial.

En mil quinientos sesenta y cinco Móstoles adquirió a la Corona el privilegio de villazgo, esto es, la independencia y autonomía respecto de la urbe de Toledo y de su justicia, pudiendo nuestra villa tener su legislación local y solucionar los inconvenientes de los vecinos frente a una justicia local con mayores competencias. Además, asimismo adquirió por esas datas el impuesto de las alcabalas, que asimismo adquirió a la Corona, para poder ver aumentado de esta manera su erario municipal con más ingresos y librándose de la pesadez de tener que abonar este impuesto al monarca, por medio de infinidad de mediadores.

En mil quinientos setenta y seis los mostoleños respondieron al interrogatorio planteado por Felipe II; lo que es conocido como las insignes Relaciones de Felipe II. Este cuestionario da una extensa visión de lo que era nuestra villa en la segunda mitad del siglo XVI: un pueblecito agrícola, con un vecindario mayoritariamente modesto, de unos trescientos vecinos, sometido al yugo de los grandes terratenientes; un vecindario con unas costumbres religiosas de forma profunda arraigadas, que además de esto formaba un centro de comunicaciones al estar atravesado el pueblo por múltiples caminos de suma importancia, como el de la villa de Madrid a Extremadura, Toledo a Segovia, Segovia a Andalucía, y el de Salamanca a Valencia. Era un pueblo que, al haberse instalado de forma terminante la Corte en la próxima la capital de España, se transformó en un subordinado de dicha urbe, al marchar como suministrador regular, entre otros muchos pueblos, de productos básicos como cereales, hortalizas y vino, en grandes cantidades.

El siglo XVII

A principios de esta centuria los mostoleños, encabezados por su municipio, construyeron la ermita de Ntra. Sra. de los Beatos, que se edificó entre mil seiscientos dos y mil seiscientos cinco en un solar que pertenecía a Constanza de Rojas, madre del insigne santurrón San Simón Ruiz de Rojas; fue ampliada en mil seiscientos dieciocho con una cuarta parte y capilla nuevos.

A lo largo de esta temporada, el siglo de Oro, el desarrollo vegetativo de la población fue pequeñísimo, e inclusive ciertos años negativo. En mil seiscientos treinta y seis, un óbolo elaborado para facilitar dinero a la Corona (que tenía sus arcas exhaustas) nos da el dato de unos doscientos cuarenta vecinos radicando en Móstoles, que se sostenían en cifras afines en mil seiscientos cuarenta, siendo apenas doscientos cincuenta. Las epidemias de peste de mil seiscientos cincuenta y siete y mil seiscientos ochenta y cuatro, los inconvenientes económicos y la inmigración, a la Corte y a América, se dejaron sentir en el insignificante vecindario, que redujo a lo largo del siglo.

En mil seiscientos cuarenta y uno creó Rafael Cornejo Ribadeneira (caballero de la Orden de Calatrava) una memoria para asistir a los pobres, que contaba con un capital compuesto por dieciseis fincas rústicas y ciertos solares urbanos. Esta memoria tenía la obligación de abonar cada año treinta maravedíes a un profesor a fin de que enseñase doctrina cristiana, a leer, redactar y a contar a los pequeños mostoleños. Cornejo estableció que los patronos de dicha memoria fuesen el sacerdote y el regidor mayor del pueblo. Merced a esta memoria muchas generaciones de mostoleños pudieron percibir una educación básica, y duró aun hasta bien entrado el siglo XIX.

Para eludir estrecheces y para acrecentar el erario municipal, la villa adquirió en mil seiscientos sesenta y ocho el impuesto del servicio ordinario y excepcional (que colectaba la Corona), comprándoselo a Pedro Fernández Tinoco (quien por su parte se lo adquirió a la Hacienda Real en mil seiscientos veintiuno); poco después, en mil seiscientos setenta y uno adquirió el impuesto de los 4 unos por ciento (un recargo sobre el impuesto de alcabalas, que asimismo colectaba la Corona), comprándoselo a Diego Fernández Tinoco (quien por su parte lo adquirió a la Corona en mil seiscientos sesenta y ocho). Las dos compras aseguraron otra renta anual más al municipio, con la que pudiese asegurar unos fondos municipales adecuadamente desahogados, puesto que el concejo tenía demasiadas deudas y su limitada hacienda no llegaba a cubrir los gastos anuales sin déficits que debían ser cubiertos con repartimientos o bien derramas entre los agotados vecinos.

En mil seiscientos ochenta se edificó una nueva capilla para la ermita de los Santurrones, y en mil seiscientos noventa y siete se acometieron nuevas reformas, las que para poder costearlas, se hizo preciso vender hasta ciento cincuenta fanegas de tierra pertenecientes al concejo. Aquel año además de esto adquirió la villa el patronazgo de la ermita de y de Ntra. Sra. de los Beatos.

En este siglo se acentuó la dependencia de Móstoles con la Villa y Corte de la capital española, al tener la obligación de suministrarle con regularidad cereales panificables para el abastecimiento de su vecindario, como paja y forrajes para las caballerizas de la Casa Real. Además de esto, los mostoleños asistían a los mercados de dicha urbe a vender los excedentes agrícolas de sus cosechas, lignito, gallinas y otros géneros distintos. Por otro lado en el siglo XVII el nombre de nuestra villa se propagó y también hizo conocido a través de la expresión: Como los órganos de Móstoles.

A lo largo de siglos el casco urbano de Móstoles se estructuraba en torno a 3 ejes primordiales (formados por la carretera de Extremadura y los viejos caminos reales de Segovia a Toledo y de Valencia a Salamanca, a su paso por exactamente el mismo); las manzanas y los solares eran de forma irregular, y si bien las casas se acostumbraban a reunir adosadas unas a otras, existían entre ellas espacios huecos como corrales, corralones y patios, como alguna huerta y sembrado de carácter urbano, que daban al caserío un aspecto esponjoso y no demasiado sólido. Las edificaciones se concentraban en torno a espacios como calles, callejones, plazas y plazoletas, formando un núcleo redondo o bien agrupado.

A mediados del siglo XIX Móstoles tenía diecinueve calles, una plaza y 3 plazoletas. Cabe imaginar que el aspecto general del pueblo sería desvencijado, con unas edificaciones construidas con materiales pobres, debido a los limitados recursos económicos de los lugareños y la ausencia de materiales de construcción de calidad en el término municipal; las alturas serían eminentemente de una planta, existiendo casos de dos; las calles eran anchas, con firme irregular y de tierra, en el que se formaban charcos y lodazales en temporadas lluviosas y polvaredas en verano. Las calles eran sucias y también perjudiciales, puesto que en ellas se amontonaban aguas fecales, ciertos desperdicios o bien basuras, deposiciones de animales familiares, de tarea o bien caballerías; y por lo general tendrían un aspecto poco decoroso. No existía la iluminación pública, con lo que al caer la noche el pueblo se sumía en una obscuridad lúgubre, que invitaba a los más precavidos a cobijarse en sus domicilios y a los criminales a deambular de manera clandestina. Tampoco existían los inodoros, ni el alcantarillado, ni ningún sistema conveniente de evacuación de las aguas pluviales y fecales, con lo que los excrementos se amontonaban en corrales y estercoleros y las aguas sucias se lanzaban a las calles, donde se atascaban al lado de las aguas de lluvia, hasta su evaporación; en muchos pueblos, entre ellos probablemente Móstoles, las calles tenían una forma levemente cóncava, de vaguada, a fin de que las aguas residuales circularan por el centro y, uniéndose los regueros de todas y cada una de las calles, fueran a desembocar a algún riachuelo o bien acantilado cercano al pueblo para evacuarlas. Las basuras tampoco se recogían, con lo que existían basureros -llamados muladares- para lo que no se podía dejar pudrir en los corrales.

La enorme mayoría de las casas eran edificadas, esencialmente, con barro, madera, cañas, cal y yeso; se utilizaba el adobe como elemento edificante para edificarlas. Los muros de las residencias acostumbraban a ser gruesos, lo que facilitaba la preservación de la temperatura del interior del edificio de la del exterior -resultando las estancias frescas en verano y simples de caldear en invierno-; y con escasos huecos, en forma de ventanas pequeñas y postigos que se resguardaban con rejas de hierro y portillos de madera. La testera y las paredes interiores de encalaban regularmente. El piso de estas residencias acostumbraba a ser de tierra apisonada, cantos pequeños, losas o bien ladrillos. Los techos se sostenían con vigas, sobre las que se ponía un entramado de cañas o bien en ocasiones bovedillas de yeso o bien ladrillo. Las cubiertas eran a 2 aguas, con tejados de teja árabe. Por lo general, la arquitectura de estas residencias era fácil, ceñida a un arquetipo rústico castellano.

La enorme mayoría de las residencias contaban con una sola planta, y como mucho con un granero, desván o bien cámara como altillo (donde se guardaba el grano de cereal de las cosechas); su predisposición horizontal habituaba a ser con mayor fondo que testera. Las habitaciones eran, por norma general, bajas y carecían de la luz y ventilación suficientes. La tipología de la mayoría de estas casas era de habitación o bien residencia baja con oficinas de labrador; las dependencias más habituales en la temporada, en especial en los hogares

de los labradores, eran las llamadas oficinas (cuadra, pajar, patio, granero, corredor y portal), en la medida en que el conjunto habitable, llamado residencia baja, acostumbraba a constar de alcoba (salón), cocina, despensa y uno o bien múltiples cuartos (dormitorios). Ciertas casas tenían aun bodega subterránea, horno de pan y gruta.

En Móstoles llegó a haber hasta once ermitas, además de la de la patrona, en la Edad Moderna: San Andrés y San Sebastián, al N; Santa Bárbara y Santa María Magdalena al S; Ntra. Sra. de Arroyo de Viñas -entonces Ntra. Sra. de la Salud- y San Marcos, al O; San Juan, San Roque, Ntra. Sra. de la Encarnación y Beato Cristo del Humilladero, inmediatas al pueblo. Hubo otra más dedicada a San Gregorio Nacianceno, si bien su localización se ignora.

El siglo XVIII

El siglo XVIII se empieza con la Guerra de Sucesión. Móstoles, por ser pueblo atravesado por esenciales caminos, fue sitio de paso usual de tropas de uno y otro bando, que de cuando en cuando ocasionaban altercados y se aprovechaban de su fuerza y autoridad para hurtar y maltratar a los mostoleños. En mil setecientos diecisiete se hizo cargo la construcción del retablo de la ermita de Ntra. Sra. de los Beatos al profesor Francisco de Valdearenas, al que se le pagarían cinco mil quinientos reales por dicho encargo.

A mediados del siglo XVIII la Corona hizo una increíble operación catastral, con objeto de valorar la riqueza del país y de sus moradores; siempre y en todo momento persiguiendo la reforma del ya obsoleto sistema tributario de origen medieval y feudal (se pretendía que todos y cada uno de los individuos, de forma indistinta del estamento al que perteneciesen, pagaran impuestos en proporción a sus riquezas y posesiones). El llamado Catastro de Ensenada se efectuó en Móstoles entre mil setecientos cincuenta y dos y 1754; muestra esta completa fuente reportaje un vecindario de unos trescientos vecinos moradores en doscientos setenta y dos casas, con una economía meridianamente rural, dominada por una agricultura de secano, en la que prevalecían los cereales; la parra ocupaba una superficie esencial y producía suculentos beneficios para los labradores y el concejo; el olivo ocupaba superficies pequeñas y no era demasiado relevante, y las hortalizas todavía pese a ocupar una superficie escasa, rentaban bastante.

La ganadería consistía en unos pocos rebaños grandes a cargo de terratenientes que los cedían en aparcería, y también incontables animales de tarea (mulas, bueyes, vacas..) y de corral (gallinas, cerdos, cabras…) que tenían la mayor parte de los vecinos en sus casas. El municipio tenía una serie de locales como la casa consistorial y la prisión pública, aparte de carnicería-matadero, tascas, bodegones, mesón, mercerías, etcétera que monopolizaban el abastecimiento de productos básicos al vecindario. Tenía asimismo ciertos prados pequeños para el ganado de tarea de los vecinos, y ciertas florestas como el Soto, y los plantíos de Abajo y de Arriba (recién plantados en ese instante); una gran dehesa mayoritariamente plantada de viñas, llamada Rodeviñas, y una serie de parcelas de tierra; todo lo que alquilaba a los vecinos del pueblo a fin de que jamás les faltaran tierras que cultivar.

A fines del XVIII Vicente Fernández Rondero y Eugenio González Maldonado, 2 desprendidos adinerados, crearon rutas capellanías para asistir al concejo en su dura tarea de dotar a la población infantil mostoleña de maestros que les diesen una educación básica y tuviesen unas escuelas donde recibirla.

El 2 de Mayo

El día dos de Mayo de mil ochocientos ocho el pueblo de la capital española se levantó en motín contra las tropas francesas del general Murat, acuarteladas en la urbe capital. En la tarde de aquel horrible dos de mayo, se hallaron en la villa de Móstoles, Juan Pérez Villamil -que entonces ocupaba los altos cargos de Auditor General y secretario del Consejo del Almirantazgo y fiscal togado del Consejo de Guerra- y Esteban Fernández de León -ex- Intendente del Ejército y Superintendente de todas y cada una Rentas en el distrito de la Real Audiencia y Capitanía General de Caracas-. Este terminaba de llegar de un la capital de España en plena batalla y los dos se reunieron con los 2 alcaldes ordinarios de la localidad, Andrés Torrejón y Simón Hernández, y les convencieron a fin de que firmaran una circular (famosa por la historiografía como Bando de Independencia), redactada por Villamil y dirigida a las autoridades de las poblaciones por las que tendría que pasar, en la que se alertaba de lo ocurrido en la capital española, llamando al auxilio armado de la capital y a la insurrección contra el invasor francés. Los dos alcaldes la firmaron, como autoridades locales que eran, probablemente frente al escribano del municipio, Manuel de Val, a fin de que el documento tuviese valía legal. El escrito afirmaba de esta manera (Usamos la nueva copia procedente del Fichero Municipal de Plasencia, para progresar la versión que conocíamos):

El bando de los alcaldes de Móstoles contribuyó, más que a provocar el alzamiento de la nación -que empezó desde el día veinticinco, tras publicarse la abdicación de los Borbones-, a forjar en el ideario patriótico la figura de un regidor de monterilla que, con la difusión de su bando -el apócrifo, no el auténtico- declaraba la guerra a Napoleón. En la temporada de las Cortes de Cádiz se institucionalizó el mito del 2 de Mayo, festejando el aniversario de la gesta de los madrileños en mil ochocientos once, y fue desde entonces cuando se afianzó la historia de leyenda de aquel regidor levantisco que, a solas, había escrito el Bando de Independencia.

Los historiadores siguientes, singularmente el conde de Fabraquer y el conde de Toreno, en sus crónicas sobre la Guerra de la Independencia, y muchos otros, legitimaron este mito que obscurecía la realidad de los acontencimientos. Por su lado, la tradición oral mostoleña, que cristalizó en la obra teatral que el escritor local Juan Ocaña publicó en mil ochocientos ochenta y tres y el libro sobre la villa que editó en mil novecientos ocho, dio el estrellato a Andrés Torrejón, marginando a Simón Hernández, y poniendo en un papel secundario a Juan Pérez Villamil; ni tan siquiera tuvo presente al olvidado Esteban Fernández de León. Además de esto dio méritos a múltiples mostoleños como Fausto Monje, Antonio Hernández y Estanislao Ovejero, quitando el papel que jugaron en la realidad Pedro Serrano y Manuel de Val.

El siglo XIX

La Guerra de la Independencia (mil ochocientos ocho-mil ochocientos catorce) dejó el pueblo de Móstoles exhausto, demográfica y a nivel económico, debido a la paralización de la economía y a las exageradas contribuciones que el pueblo mostoleño debió aportar para exactamente la misma, aparte de otras aportaciones extras (alimentos, paja, cebada, bagajes y transporte) a las tropas que pasaban en el pueblo, que además de esto de cuando en cuando ocasionaban altercados y estropicios.

La restauración siguiente fue lenta, mas se vio nuevamente truncada por la Primera Guerra Carlista (mil ochocientos treinta y tres-mil ochocientos treinta y nueve). Si bien este conflicto armado no tuvo las fatales consecuencias del precedente, sí supuso la manifestación de la fractura del vecindario y de la propia España por norma general en 2 ideologías: la liberal y la conservadora (absolutista), fenómeno ya esbozado por la propia Guerra de la Independencia. Mientras Móstoles prosiguió rigiendo exactamente la misma elite burguesa de temporadas pasadas, si bien ahora teóricamente era el pueblo quien las escogía, mas el limitado censo electoral y las pocas opciones alternativas (presionado el proletariado local por los terratenientes) hicieron que el sistema de elección y funcionamiento del municipio no cambiase mucho.

A mediados del siglo XIX Móstoles ya había perdido muchas peculiaridades que le habían engrandecido en el pasado: su relevancia geográfica se redujo a la carretera de Extremadura (lo que motivó el descenso de la actividad hostelera), el renombre de sus vinos y aceites se fue perdiendo, sus muchas ermitas fueron descuidadas…

Pese a esto, y si la primera mitad del siglo había sido trágica, la segunda mitad fue lo opuesto, puesto que se comenzó un proceso de políticas de mejora del pueblo (higiene, urbanismo, educación…): construcción de la Fuente de los Peces con un lavadero público en mil ochocientos cincuenta y dos, construcción de un nuevo edificio de Escuelas Municipales en mil ochocientos ochenta y tres, instalación en ciertos puntos de iluminado público por petróleo en mil ochocientos ochenta y nueve, limpieza y arreglo de las calles y caminos, inauguración de un Casino por esas datas, reparaciones en edificios municipales…

Con ocasión de la inauguración de dichas Escuelas, en mil ochocientos ochenta y tres el rey Alfonso XII concedió por R. D. a Móstoles el título de Villa Excelentísima, en reconocimiento de la enorme tarea del municipio destinada a fortalecer la educación infantil y la cultura. La Desamortización General de mil ochocientos cincuenta y cinco, iniciada por el ministro Pascual Madoz, trajo consecuencias negativas para Móstoles: el Municipio perdió esenciales fuentes de ingresos al tener que subastar prácticamente todas sus posesiones (fincas rústicas y solares), y además de esto empezó un proceso de concentración de terrenos a cargo de una nueva burguesía, que monopolizó todavía más si cabe, la propiedad de las tierras, esclavizando a los campesinos con desmesurados contratos de alquiler y forzando a la mayor parte a trabajar como braceros y braceros. Esto venía fraguándose ya desde la precedente desamortización de Mendizábal (mil ochocientos treinta y seis).

Esto provocó el llamado Motín del Vino, réplica de los primeros alzamientos campesinos de Loja y otras localidades, en mil ochocientos sesenta y uno.

En mil ochocientos noventa y uno fue estrenada la línea ferroviaria la villa de Madrid-Almorox, con una estación en Móstoles y el apeadero de Villaviciosa. Este renovador medio de transporte trajo importantes beneficios a las localidades por las que pasaba y a las próximas.

El siglo veinte

El siglo veinte se empezó en una temporada de corrupción política, movimientos obreros, atentados y confusión por lo general. En Móstoles las mejoras a la población prosiguieron, con la introducción del abastecimiento de electricidad cara mil novecientos diez-mil novecientos trece y la línea telefónica cara 1920; adelantos los dos que solo pudieron gozar unos pocos adinerados a lo largo de décadas.

En mil novecientos ocho se memoró el Centenario del dos de mayo de mil ochocientos ocho, que fue ceremoniosamente festejado, visitando la villa el rey Alfonso XIII, entre otras muchas personalidades señaladas. En este Centenario se inauguró el monumento de Andrés Torrejón y poco después Alfonso XIII dio a la villa el título de Excelentísima.

El advenimiento de la Segunda República no cambió mucho las cosas en Móstoles, pues los vaivenes políticos y los intentos frustrados de reformas terminaron transformando el periodo en una temporada tan convulsa, aun más, que las precedentes. La Guerra Civil dejó exhausta Móstoles, con la mitad de las edificaciones derribados y una economía maltrecha.

La posguerra, los años cuarenta y cincuenta, supusieron la restauración del pueblo, y un lento desarrollo motivado por las primeras oleadas de inmigrantes provenientes de otras zonas rurales que se establecían en la capital buscando empleo, aparte de un desarrollo vegetativo motivado por el incremento de la natalidad y descenso de la mortalidad.

Además de esto empezó un proceso de mejoras urbanísticas que afectó a todo el pueblo (urbanización de las calles, modernización de las construcciones, abastecimiento de agua y electricidad a todas y cada una de las residencias…), que desembocaría ya en los años sesenta en la enorme transformación.

Franco, ligado personalmente a Móstoles, en tanto que lo atravesaba los fines de semana para ir a su finca de Valdefuentes, hizo que se edificara la circunvalación -el día de hoy Avenida de Portugal- y fue nombrado en mil novecientos cincuenta y tres, regidor perpetuo de Móstoles.

La enorme transformación

Las causas del cambio radical que ha sufrido Móstoles en las últimas décadas, pasando de ser un pueblo agrícola de las proximidades de la villa de Madrid a urbe-dormitorio satélite de

la capital, hay que procurarlas en un contexto global del complejo proceso de transformación que arrancó en los años cincuenta.

A principios de los años cincuenta el régimen franquista renunció a la situación de autarquía en la que se encontraba el país, abriéndose al exterior, y sobre todo orientando la economía nacional cara una industrialización, que trajo la auténtica Revolución Industrial a España. Esta apertura y cambio de política, empezó un complejo proceso llamado «desarrollismo», uno de cuyos importantes cambios iniciales fue el la inmigración cara las urbes. la capital española, como capital, actuó como primordial polo de atracción para esas masas de inmigrantes que desde los años cincuenta se esparcieron por el extrarradio de la capital, en aglomeraciones marginales suburbiales.

El inconveniente de la residencia en la capital se agudizó hasta situaciones límite. En mil novecientos cincuenta y siete el gobierno creó el Ministerio de la Residencia, para mitigar el arduo problema existente. Una de sus acciones más esenciales fue descargarse de la responsabilidad, dejando a la iniciativa privada (empresas inmobiliarias y cooperativas) la construcción y promoción de conjuntos residenciales en altura, que mejoraron en calidad, mas en los años siguientes (años sesenta) crearían serios problemas como la carencia de equipamientos colectivos públicos (institutos, centros de salud, zonas verdes y deportivas), especulación masiva con el suelo, y ante todo, un bum demográfico y urbanístico que se extendió desde la capital, la capital de España, a su Área Metropolitana, convirtiendo los pueblos que la rodeaban en nuevas urbes satélite, con usos residenciales y también industriales, mas quedando estas como ciudadesdormitorio dependientes a nivel económico de la capital española, sin recursos propios, y con una grave falta de equipamientos, debido sobre todo a la carencia de involucración por la parte de la Administración en solucionar inconvenientes de tipo social, y solo preocuparse de producir importantes beneficios económicos por la masiva construcción de residencias y también industrialización de la sociedad.

Es de esta forma como Móstoles, desde la segunda mitad de los sesenta, se transformó en un propósito más de las compañías promotoras, especulando con el suelo y levantando en apenas una década, una gran parte de las urbanizaciones que componen el casco urbano de Móstoles, y a las que podríamos incluir las exteriores como Parque Coimbra, Pinares Planos y Colonia del Guadarrama. Asimismo se desarrollaron zonas industriales (zonas improvisadas como Las Monjas, las Pajarillas y Móstoles Industrial, o bien polígonos como el de Arroyomolinos y el de La Fuensanta).

A mediados de la década de los setenta, la crisis económica mundial hizo que el fenómeno inmobiliario se ralentizase de forma notable, lo mismo que el ámbito industrial. En el caso de Móstoles, este desarrollo se había producido sin el preciso planeamiento general, con lo que en la segunda mitad de los setenta los mostoleños se encaraban a arduos problemas como la citada falta de equipamientos públicos (un solo hospital, un polideportivo obsoleto; múltiples institutos y pocos institutos, todos en iguales condiciones, que resultaban deficientes para la gran población; mas el inconveniente más esencial era el deficitario abastecimiento de agua al ayuntamiento y la escasa atención sanitaria).

Con la Transición y la llegada de los municipios democráticos, y merced a las demandas y las presiones ejercidas por las diferentes asociaciones vecinales, desde mil novecientos setenta y nueve se dirigieron todos y cada uno de los sacrificios a inmovilizar el desarrollo residencial y a fortalecer la dotación de la urbe con equipamientos públicos, a ordenarla urbanísticamente, y sobre todo a hacer políticas más sociales, con el promuevo de la participación ciudadana en las fiestas locales, en actividades lúdicas, deportivas y culturales, y a asociarse formando peñas y asociaciones culturales de toda clase.

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